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“La Illa del Ekeko, más de 2 mil años de resistencia”

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Sobre las espaldas de una pequeña figura de piedra de 15,5 cm de alto y 8,5 cm de ancho, se cargan más de 2 mil años de historia que, resumidas, también podrían ser una síntesis de la historia de Bolivia. Hablamos de la Illa del Ekeko, una de las figuras arqueológicas más representativas del país.

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La historia de la Illa del Ekeko, esa esculpida piedra morena custodiada por el Museo Nacional de Arqueología (MUNARQ), y que representa el culto a lo divino, a lo místico y a lo extraterritorial, también ha devenido a sintetizar a la política, al saqueo, al exilio, a la lucha de los pueblos del sur, por verse como iguales, ante sus vecinos del norte del mundo y al derecho de Bolivia por ejercer de manera plena sus ritos, costumbres y soberanía.

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Sobre esta pequeña, pero maciza diosa de justicia y abundancia se carga todo ello. Y aunque quizás nunca sepamos el camino que ha recorrido desde que su escultor se tomara el trabajo de buscar una piedra tan especial que en su centro tenga ese trozo blanco de material que le sirve de collar, de esto ya hace más de 2000 años, podemos con meridiana claridad, reconstruir lo que ha ocurrido con la Illa del Ekeko, en los últimos 170 años.  

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El recorrido inicia en la Bolivia de 1858. Es el 18 de octubre y la joven nación acaba de cumplir 33 años. Bolívar y Sucre sus fundadores, ya han muerto. José María Linares, gobierna el país. Todo ocurre en la antigua ciudad arqueológica de Tiwanaku, capital de esa civilización, ubicada a más de 60 km de la ciudad de La Paz, y que abarcó parte de los territorios de lo que hoy es Bolivia, Perú, Argentina y Chile.

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Jakob Von Tschudi conoce a la Illa del Ekeko, en manos de su poseedor en Tiwanaku.
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Allí, ha llegado el naturalista suizo, Jakob Von Tschudi y su séquito, éste, se encuentra con un poblador de la zona, quien entre charla y charla, le enseña la pequeña, maciza y morena Illa del Ekeko.  

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Al instante, Tschudi, advierte el valor de la pieza y ofrece dinero, su poseedor se niega, confirmando las sospechas del suizo…

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Con solo verla, Tschudi aprecia la belleza e importancia de la pieza y planea hacerse con ella.
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En Tiwanaku, la Illa del Ekeko era venerada y se le atribuían poderes.
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La Illa es sagrada, venerada, tiene poderes y en la comunidad ayuda a resolver delitos. Con su influencia, ladrones confiesan sus fechorías y devuelven lo robado.

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Podemos imaginar el brillo en los ojos de Tschudi y talvez, una frase que sintetizaba sus pensamientos: “La Illa debe ser mía”.

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Por ello, el suizo urde un plan para hacerse con ella y utiliza una vieja receta europea de dominación que incluye una botella coñac. Tamaña afrenta la del suizo, robarse a la deidad que justamente lucha contra los ladrones. Pero, como veremos más adelante, él tampoco se libraría de los poderes de la Illa. Tras emborrachar a los lugareños, Tschudi y su gente la sustraen, suben a sus caballos y se dan a la fuga, mientras eran perseguidos por los guardianes de la estatuilla.

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Tschudi, emborracha a los custodios de la Illa y urde un plan para robarsela.
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El suizo sustrae la pieza y con ello inicia el exilio de la Illa más de un siglo.
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Así empezaría el exilio de la Illa del Ekeko, el alejamiento de su espíritu ancestral, de su centro.

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Este abandono forzado de sus tierras, duraría más de 150 años.

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Sobre sus caballos los profanadores de la Illa huyen tras ser robarse la pieza.
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Todo esto que hemos narrado, está escrito a manera de registro y de confesión en el diario de viajes del propio Tschudi, en él, el suizo que se llevó a la Illa y terminó confesando, exactamente como hacían los ladrones en Tiwanaku, cuando ritual de por medio, se le pedía a la Illa del Ekeko, que ayude a resolver estos delitos.

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Los registros sobre nuestra Illa Sagrada vuelven a aparecer 71 años después, en 1929, cuando el nieto del naturalista, la vende al museo Histórico de Berna en Suiza, dónde permanece en exhibición en una colección que en 2014 se denominaba: «Indios- la diversidad de culturas en América».Revelado el lejano lugar donde la Illa había permanecido las últimas décadas, a más de 10 mil kilómetros de su hogar, y ahora en exhibición, su paradero se va haciendo público de boca en boca y a través de las décadas, en la Bolivia profunda de los Andes, va creciendo la indignación y el reclamo por su retorno. Pero desde que fuera comercializada por los herederos de Tschudi, la Illa tendría que esperar otros 85 años para volver a las altas montañas de donde había sido saqueada en el siglo 19.

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Diario de Johann Jakob Von Tschudi.
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Hasta su regreso en 2014, la Illa del Ekeko se convirtió en una deidad andina asociada a la abundancia y la fertilidad, que el marco de la Alasita, propicia la realización de deseos, mediante la adquisición de miniaturas que representan bienes materiales y aspiracionales, combinando los elementos de una especie de magia imitativa. Estas miniaturas no sólo son objetos decorativos, sino, que encarnan los sueños y anhelos de las personas.

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Comprar la miniatura de una casa, un auto, dinero, un título universitario o cualquier otro, y encargárselo a la Illa, es una forma de materializarlo y poseerlo en la realidad.  

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Todos estos argumentos, provocaron que el retorno de la Illa del Ekeko se convierta entre 2012 y 2014 en una política de Estado, época en que su espíritu era invocado desde varios rincones del país para su regreso.

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La illa del Ekeko en las alasitas como símbolo de fortuna.
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Sin embargo, regresar a la Illa a su raíz, tras que fuera extirpada hace más de un siglo y medio no fue fácil.

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El proceso oficial de reclamo incluyó la elaboración de estudios,  revisión de archivos y un sinfín de contactos de ida y vuelta entre las autoridades del Estado Plurinacional de Bolivia y el Museo de Berna que desde las perspectiva de las autoridades bolivianas, ponía una serie de obstáculos para  retrasar o incluso evitar  la devolución.

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Este proceso sirvió para demostrar lo difícil que es exigir justicia y reparación, cuando del regreso de nuestros bienes culturales se trata. Arqueólogos bolivianos aseguran que hay al menos 50 mil piezas arqueológicas fuera del país, las que fueron sacadas de manera ilegal desde tiempos coloniales.

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En ese sentido, la Illa del Ekeko adquirió nuevos poderes. No solo se trataba de una pieza arqueológica, sagrada y venerada a la que se le atribuyen tantos favores. Sino, que además se convirtió en el símbolo de la recuperación, reconciliación, justicia y rectificación de los errores del pasado.

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Su eventual devolución empezó a significar un mensaje de respeto y reconocimiento hacia la dignidad y la soberanía de nuestro pueblo.

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Tras dos años de intensas negociaciones y de una amplia cobertura de los medios de comunicación de ambos países, en octubre del 2014, el Museo de Berna anunciaba que la Illa del Ekeko había emprendido un viaje de retorno a Bolivia para ser entregada al Museo Nacional de Arqueología.

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La Illa había sido devuelta por Berna usando un servicio de correo, haciendo caso omiso al pedido de Bolivia de que se haga de forma pública, para mostrar el entendimiento y la amistad entre ambos pueblos.

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El retorno de la Illa a su patria, tras 156 años de exilio, significó un triunfo del pueblo boliviano sobre el retorno de sus bienes culturales y sirve como antecedente jurídico para que el país emprenda un camino en la recuperación de otras piezas de la arqueología boliviana que están dispersas por el mundo.

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Esta es la impronta de la Illa del Ekeko. Creencia, sacralidad, veneración, justicia y resistencia. Valores que también resumen la historia de nuestro pueblo.

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Su historia milenaria, su veneración, el secuestro, su exhibición como trofeo de latrocinio, y su recuperación han provocado que la Illa del Ekeko se pose en las mentes y las almas de miles de bolivianas y bolivianos, su pueblo, urgido de un puente, de una conexión tangible del mundo físico con lo sagrado, espiritual y el reino de lo abstracto.

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La Illa tiene poderes, son los poderes que le da la gente.

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